
¿Porque el boxeo engancha tanto?
50 minutos en los que no existe nada más.
Hay un momento, en algún punto entre el primer golpe y el último round,
en el que todo lo de fuera desaparece.
No sabes exactamente cuándo ocurre.
Llegaste como llegas a cualquier otro sitio.
Con el teléfono en la mano. Una conversación a medias. Algo pendiente. Quizá un día extraordinario. Quizá uno que preferirías olvidar.
Da igual.
Coges las vendas.
Una vuelta alrededor de la muñeca.
Los nudillos.
Entre los dedos.
Otra vez la muñeca.
Aprietas.
La primera vez tienes que pensar cómo hacerlo. Después de un tiempo, las manos se vendan casi solas.
Te pones los guantes.
Velcro.
Ese sonido.
Y empieza.

Al principio todavía existe el mundo.
Todavía escuchas las conversaciones. La música. Los guantes contra los sacos. Alguien arrastrando los pies sobre el suelo.
Todavía estás pensando.
Entonces llega la primera combinación.
Jab. Recto. Crochet.
Otra vez.
Jab. Recto. Crochet.
Muévete.
Otra vez.
La primera no sale.
La segunda tampoco.
En la tercera algo empieza a encajar.
El pie gira un poco mejor. La cadera acompaña. El hombro deja de pelear contra el movimiento.
Otra.
Pa. Pa. PAM.
Ahí está.
Quien ha golpeado alguna vez un saco sabe exactamente de qué sonido hablamos.
No es necesariamente el golpe más fuerte.
Es el golpe que entra bien.
Seco.
Limpio.
Durante una fracción de segundo, mano, cuerpo, distancia y tiempo han llegado al mismo sitio.
No necesitas que nadie te diga que estuvo bien.
Lo sentiste.
Y quieres hacerlo otra vez.

Sube el ritmo.
Ahora son cinco golpes.
Después hay que salir.
Otra vez.
Más rápido.
Guardia.
Respira.
Muévete.
Otra.
El cuerpo empieza a calentarse de verdad.
Los hombros empiezan a avisar.
La respiración ya no ocurre silenciosamente.
Y en algún momento, sin darte cuenta, has dejado de pensar en todo lo demás.
No tomaste la decisión.
No dijiste: ahora voy a desconectar.
Simplemente ocurrió.
Porque no cabe nada más.
Hay una combinación llegando.
Un pie que tiene que moverse.
Una mano que tiene que volver a la cara.
Una distancia que cambia constantemente.
Tu cabeza está demasiado ocupada estando exactamente aquí.

Quizá esa sea una de las cosas más extrañas del boxeo.
Te exige tanto que termina vaciándote.
Cuanto más sucede fuera, menos sucede dentro.
Golpea.
Respira.
Muévete.
Otra vez.
En psicología existe una palabra para aproximarse a esta sensación: flow.
Ese estado en el que estamos tan dentro de lo que hacemos que dejamos de observarnos haciéndolo.
El tiempo se distorsiona. La atención se estrecha. La acción empieza a suceder sin esa conversación
permanente que normalmente tenemos con nosotros mismos.
Pero nadie está pensando en psicología cuando sucede.
Estás boxeando.

Y entonces alguien dice:
“Último round.”
Hay frases que pierden toda credibilidad después de empezar a boxear.
Esta es una de ellas.
Miras el reloj.
Tres minutos.
Tres minutos no parecen mucho hasta que alguien te pide que sigas golpeando durante tres minutos.
Empiezas.
Las piernas todavía responden.
Los hombros, menos.
Treinta segundos después la técnica intenta negociar contigo.
Las manos empiezan a pesar de una forma incomprensible para algo que hace cinco minutos formaba parte de tu cuerpo.
Respira.
Sigue.
El saco vuelve.
Golpeas.
Vuelve.
Golpeas otra vez.
Ya no estás pensando en hacerlo bonito.
Estás pensando en llegar.
Diez segundos.
Y ocurre algo curioso.
Cuando estás convencido de que ya no queda demasiado, todavía aparece un golpe más.
Y otro.
Y otro.
Hasta que se acaba.

Silencio.
No silencio de verdad.
La música continúa. Alguien habla. Otro saco sigue sonando.
Pero durante unos segundos tú estás en otro sitio.
Las manos abajo.
El pecho subiendo y bajando.
El sudor cayendo por algún lugar que no sabías que podía sudar.
Y esa sensación.
Difícil de explicar a alguien que nunca la ha sentido.
El cuerpo está exhausto.La cabeza está en silencio.
Nada se ha solucionado.
Lo que estaba pendiente antes de entrar sigue pendiente.
El mensaje sigue esperando.
Mañana sigue llegando.
Pero durante 50 minutos nada de eso tuvo permiso para entrar.

Te quitas los guantes.
Velcro.
Desenrollas las vendas.
Vuelta.
Vuelta.
Vuelta.
El ritual ahora sucede al revés.
Coges el teléfono.
Y el mundo vuelve.

La primera vez vienes porque alguien te habló del boxeo.
O porque querías entrenar.
Ponerte en forma.
Probar algo distinto.
Descargar.
Cada uno llega por una razón.
Pero quizá no sea esa la razón por la que termina quedándose.
Porque después ocurre algo bastante curioso.
Empiezas a conocer ese momento.
El sonido de un golpe que entra perfecto.
Una combinación que antes tenías que pensar y ahora simplemente sucede.
Ese último round en el que estabas seguro de que no quedaba nada.
Y, sobre todo, esos minutos extraños en los que tu cabeza deja finalmente de estar en diez sitios al mismo tiempo.
Entonces empiezas a mirar tu semana de otra manera.
El lunes no puedes.
El martes quizá.
El miércoles seguro.
Y sin saber muy bien en qué momento ocurrió, ya no estás intentando encontrar tiempo para entrenar.
Estás organizando el resto para proteger esos 50 minutos.
Los 50 minutos en los que no existe nada más.